De cómo desapareció el desierto

   Si el patrón se enteraba, lo iba a despedir. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Lo había encontrado en el maizal, temblando de frío y escarcha entre la noche de espigas, con aquellos ojos negros inundados de abandono y un grito de silencio ahogando el aire. Total, sería un par de días, hasta que el pobre animalillo pudiera valerse por sí mismo. Pero llegó la primavera, y el patrón, que tiene los ojos como látigos, acabó descubriendo el nido.
El espantapájaros fue denunciado ante la Real Audiencia de Terratenientes y desterrado de todos sus campos por lo que ellos llamaron "delito de alta traición". Con el dolor amarrado a los palos, atravesó el maizal. Caminó hacia el este durante diez días y diez noches, hasta que finalmente, un amanecer, llegó al desierto. Plantó sus pies de palo en la arena, estiró los brazos en cruz con ese gesto de abrazo que tienen siempre los espantapájaros, y lloró. En ese momento, una bandada de flamencos estremeció el horizonte. Y, tras ellos, en cortejo, las ardillas, los conejos, los gatos, las mariposas, las gallinas revoltosas con su falda de pollitos, los burros, los caracoles, las ovejas, los lagartos, los elefantes, los patos, los murciélagos, los tigres, los unicornios... Desde entonces, el desierto no existe. Pero eso el patrón no lo sabe, porque, en su soberbia, nunca se ha atrevido a mirar más allá de los límites de su sembrado.



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