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Hoy he recibido carta de Andreas. Me cuenta de su vida,
que es cada vez más gemela a la mía, aunque Andreas no se lo confiese
y escoja contármelo a mí en lugar de escribir un diario, tan estrictos
sus pensamientos sobre lo que debe o no corresponder a un hombre. Me ha
hecho sonreír de nuevo, y dudar de mi dura idea de no importar a nadie,
de no ser más que una ruina olvidada pudriéndose en vida en este pueblo
donde desde hace dos semanas no cesa de llover y las palomas sacuden sus
alas lastimosas.
Andreas dice que me recuerda todos los días, cada vez
más a menudo desde que Hanna murió: y sé que es posible que no esté aquí,
en Montenotte, compartiendo su vida para hacer de las nuestras dos soledades,
porque se enamoró hace años de la imagen de mi mano aleteando desde el
tren mientras me alejaba, la última vez que nos vimos. Añora la imagen
más bella de mí, tan parecida a la que yo recuerdo de él: Andreas en la
estación, con la mirada fija en mi mano. Y por eso, prisioneros de dos
imágenes petrificadas, él me escribe y yo le escribo desde tan lejos.
Yo volaba: y ya no vuelo.
Aquel martes aparecieron tanques del ejército, y se
cruzó de nuevo un tiroteo con los rebeldes. Yo no estaba. Oí, es cierto,
tiros en la zona de Baccastro, pero no supuse que llegasen hasta Montenotte.
Desde entonces la vida se alargó sin esperanzas, como una hemorragia mal
curada. Existió sin duda un tiempo en que las cosas eran distintas y mi
preocupación se limitaba a la rutina sin importancia; pero tras la guerra
ya no quedó sitio para esas cosas, y los ruidos lejanos que anunciaban
noches sin dormir y casquillos en la plaza se acercaban envueltos en miedo.
Así comenzó la ruina de toda esta zona, y ni siquiera eso supieron hacer
bien. No fueron capaces de acabar con todo, de destrozar el mundo y dejarnos
descansar.
Cuando era joven y vivía Chiara, mi amiga, recuerdo
haber hablado de hadas y vampiros; planeábamos marchar en su busca, noches
en el cementerio en que los desafiaríamos. Nunca llegamos a encontrarlos,
pero continúo segura de que, si existen, me convertiré en uno de ellos.
Debo serlo. Durante años he contemplado cómo la gente caía a mi alrededor
mientras yo vivía, años y años, años y años. La eternidad, no se explica
de otro modo esta existencia miserable. Todo lo que no acaba es eterno.
He leído de nuevo la última carta de Andreas, sin llorar.
En la noche, ante las fotos, he reconstruido los fragmentos de cristal
roto en que se ha quedado mi vida. Con las fotos que Andreas me enviaba,
esos recuerdos que a veces me atacan por el pasillo, contemplo la única
vida que he llevado fuera de este pueblo y que me resulta tan irreal como
los cuentos de hadas en que perdía el tiempo.
Hanna. Hanna y Chiara. Da igual el tiempo, da igual
lo que haya transcurrido desde entonces. Nada ha cambiado; Hanna murió
hace dos veranos. El quince de enero fue el aniversario de Chiara, del
entierro de Chiara. No puedo olvidarlas, por más que Andreas me lo recomiende,
a pesar del pasado que se acumula sobre los recuerdos, porque equivaldría
a comenzar a morir, y no deseo morir aún. Quisiera convertirme en el postrero
pedazo de vida que reste en Montenotte, y luego, cuando esté segura de
ser la última, podré sentarme en mi huerto y cerrar los ojos. Mientras
tanto, viva o muerta, no abandonaré el valle.
Toda la mañana he visto caer la lluvia; vuelve a cercarnos
el invierno. Hasta el mediodía no me he dado cuenta de que debía comer.
A veces lo olvido, en las ocasiones en las que me dedico a una actividad
con tanta concentración que todo cede ante la disciplina de mi mente.
Así logré vencer mis debilidades; así me convertí en lo que fui: salí
de Montenotte, sobreviví a la guerra y a la decepción, y así logré no
depender jamás de nada que no fuera yo misma. No añoro a nadie; tan sólo
al niño de Chiara, al niño que Chiara no llegó a criar y que crece en
alguna parte de este pueblo. A menudo sueño con él, pese a que fui yo
quien decidí que no nos encontráramos jamás, jamás ver su rostro y hacerlo
más bello en mi mente, arropado y joven como está también Andreas.
Así él, el niño de Chiara, ni siquiera habrá oído hablar
de mí. Es probable que sea él el último en morir y que me encuentre como
a una princesa dormida entre las piedras derruidas de la casa del río,
con el rostro vuelto al cielo y la boca entreabierta, polvorienta y rodeada
de palomas que querrán llevarme con ellas. Y ni siquiera entonces sabrá
quién he sido, quién fui en la vida, qué senderos recorrí en Montenotte,
cómo fui yo la que cerró los ojos de su madre. Ante él yacerá un rostro
más, una anciana más muerta entre las ruinas, un recuerdo del pasado que
querrá enterrar y olvidar pronto.
La última vez que vino gente de Milán para intentar
convencerme de que dejara Montenotte me instaron a que pensara lo que
sería de mí en el futuro. Les contesté que ya era vieja, y que no pensaba
acabar en un asilo. Que me daba igual que los demás (tan sólo quedamos
veinte, ¿puede acabarse tan pronto, puede acabarse todo en unos pocos
años?) tuvieran la voluntad débil y se dejaran tentar con ofertas engañosas.
Les enseñé los títulos de propiedad de mi casa y de mis tierras, traje
los recortes de periódico que hablaban de quién fui yo. Marcharon enfurecidos,
porque desean deshabitar toda esta franja, y venderla luego a grandes
constructoras. Que los demás hagan lo que les parezca: yo, al menos, no
les cederé mi casa, mi adorada casa junto al río. Sólo quedamos veinte.
Sólo son veinte.
Desde la cruz de la ermita de san Giorgio se divisa
un paisaje que acude mi mente cuando pienso en el término abstracto de
Montenotte. Subí allí cuando regresé llena de nubes de tristeza del frío
amable de Esse, y en mi caminar de una tarde por los caminos viejos vi
que la guerra no había respetado el silencioso puente romano y que del
orgullo de Montenotte quedaba una arcada en medio del río, interrumpida
como una interrogación a medias. Me apoyé en la barandilla verde, incrédula.
Decidí entonces no regresar por ahí y encaminé mis pasos a la ermita de
san Giorgio, a la cruz respetada desde donde presencio la muerte suave
y discreta de un pueblo en el que somos veinte y en el que fuimos cien
veces más. Desde mucho antes de que Montenotte se convirtiera en un poblado
fantasma, la estación y la carretera dejaron de tener sentido, y ahora
son brazos que se extienden un trecho y luego desaparecen rotos e invadidos
por la hierba mala. Sí, Montenotte parece una enorme araña inmóvil a la
que se le acortan las patas cada primavera. Y hay otra araña esperando,
paciente, eterna, porque sabe que alguna de las dos caerá tarde o temprano
y que a las arañas se las destruye de un pisotón.
Fue en marzo el día en que Chiara se alejó de mí con
una fuerza que le descubrí entonces y que me pareció falsa, una impostura
en la dulce Chiara. Hasta ese día, me enfrentaba sin pensar a las casas
feas y al parque del Castello por más que me asaltase el sentimiento de
que existía otra vida fuera de Montenotte, otra realidad que me dejaba
al margen, y la intuición de que la eternidad era alcanzable.
Aquella mañana, en los primeros días de marzo, y Andreas
conoce bien esta historia, nos sentamos bajo el magnolio grande del parque.
Acababa de recibir una denegación de mi beca, y me esperaba otro año en
Montenotte, sin estudios, sin nada más que tiempo para gastar y paseos
vespertinos, pero no perdería el tiempo. Yo no permanecería allí, en aquel
pueblo perdido hasta que reventara de aburrimiento. Estudiaría, viajaría,
construiría un nombre, y regresaría a Montenotte para que todos pudieran
comprobar que había triunfado. Entonces Chiara, sin prestarme atención,
como si ni siquiera mereciera la pena dar crédito a mis palabras, comenzó
a contarme los detalles de la boda de su hermano. Yo miraba al suelo,
y no aparté los ojos hasta que tuve que parpadear; Chiara se distanció
súbitamente, en otra vida de marido y niños y felicidad cotidiana, el
otro cabo del camino que yo había renunciado a tomar.
Así perdí a mi única amiga, y con un esfuerzo morboso
y consciente decidí apartarme de todo, de las baldosas rojas y blancas,
del hermoso parque del Castello, de cada uno de los habitantes de Montenotte,
y busqué en ese rencor no confesado, callado, la suficiente fuerza para
no dar mi brazo a torcer, la tozudez que me obliga ahora a sentarme pacientemente,
a esperar el fin de lo que antes tuvo nombre de pueblo.
En aquellos tiempos me gustaba pensar durante las últimas
horas de la tarde, mientras caminaba por el paseo del río hacia el puente
romano. Me gustaba imaginar historias, y siempre era yo la protagonista,
en las distintas maneras en las que obtenía un triunfo rápido y regresaba,
compraba la más hermosa casa junto al río y obtenía una calle con mi nombre.
Años y años se repitieron esos paseos, incluso cuando
regresé aquí y antes de volver a casa me acordaba de Andreas y me acercaba
hasta el estanco para comprar sellos: aquella vanidad pequeña de ver el
remite de Hanna o de Andreas. Mi esperanza se nutría entonces de viajes
veloces entre horas a Petersburg y Esse. Aún me sostiene esa pedantería,
y cuando compro los sellos los pego allí mismo, para que la mujer que
me atiende pueda cocerse de envidia viéndome subsistir. Debe pensar que
soy la mala hierba; la mala hierba arruina los edificios.
Debe encontrarse en algún lugar de este pueblo, y está
despierto y enfermo, y por eso he tenido que levantarme a las cuatro de
la mañana a escribir. Vuelve a llover, lleva todo marzo lloviendo, y hasta
las palomas duermen, pero él no. Lo supe ayer por la tarde. El niño de
Chiara se muere. He despertado en una pesadilla, en el día en que huí
con mi madre tren tras tren mientras todo se rompía loco a nuestro alrededor
y soportábamos con rostro estoico los registros por los soldados. Tanto
miedo. Llegamos a Niza, y yo me empeñé en continuar hasta el norte, dejando
de lado París, entre la riada que invadía Francia huyendo de la destrucción
en el sur.
Pero en el sueño perdía a mi madre en la estación, entre
gente que dormitaba (mamá, tan buena, y apenas recuerdo vagamente su rostro
después de tantas horas como pasamos juntas), y yo echaba a andar hacia
la ciudad. Allí, por detrás de la gente apiñada, en una de las terrazas
de Crime à Lac, se fue perfilando la figura de Andreas, claro y limpio
entre la miseria. Me tendió los brazos y le abracé llorando como una niña.
Muchas veces he soñado con Andreas, con mayor intensidad
desde la muerte de Hanna. Y ahora, en la noche, sé que no son imaginaciones
mías, y sé también que él, el niño de Chiara, está despierto y no me deja
dormir y me tiene en vela sobre mi diario casi rogando porque tenga fuerzas
y no se deje morir ahora sino que viva, que viva como yo, como mora entre
zarzas. Porque se agita despierto y son las cuatro y media y no está,
como nunca ha estado, pensando en mí.
Resulta curioso comprobar cómo la distancia amortigua
algunos sentimientos y hace regresar otros que giran como bailarinas en
cajas de música. A veces leo las cartas de Andreas y repaso los proyectos
en que trabajamos juntos y me invade en la boca un sabor dulce. En un
castillo de hadas habitamos en aquel tiempo, con la amenaza nunca seria
de la rubia bruja Hanna, la que debía haber sido heroína del cuento. Y
con la presencia de Hanna todo cambia y se desdibujan las calles de corte
simétrico de Esse para dejar paso a las baldosas rojas y blancas de Montenotte
inclinándose ante el recuerdo de Chiara, Chiara y yo en las fiestas de
cumpleaños, Chiara de mi mano, feliz y niña, la amiga fiel, la hermana
perdida.
Ya ha quedado atrás del todo Alemania y el lugar sigue
siendo el mismo en que he residido estos últimos treinta y dos años, pero
antes de la guerra, cuando aún nos quedaba un pueblo intacto. La ambición
de entonces me araña cruelmente, y sólo se atenúa cuando me siento y estudio
hasta que la cabeza me duele; así se me van las ganas de gritar agitando
las rejas de la cárcel en que me aprisiona el recuerdo.
Son los únicos momentos en los que flaqueo y deseo que
no se me conceda mi deseo de sobrevivir a todo en forma de pálido vampiro,
porque mi cuerpo se ha gastado demasiado para ser un hada: cuando vuelvo
a recordar los años atroces de la guerra se me escapa el pensamiento de
que acabe todo de una vez y pueda olvidar y descansar recordando únicamente
la parte de mi vida que permanecí en Alemania y formé mi fortuna junto
con Andreas; los años felices de mi vida, en los que él se hartó de pedirme
que me casara con él, y de oírme rechazarle; cuando lo único que repetía
era que necesitaba volver para que todos supieran que había triunfado
como nunca supusieron y ser capaz así de mentirles diciendo que no me
importaban, que nadie en Montenotte me importaba.
Por eso, porque sabía que yo jamás podría resignarme
a vivir lejos de aquí, no quiso detenerme cuando al primer aviso de tregua
le anuncié que regresaba a mi tierra. Me dejó marchar pese a que ya había
abierto los ojos a su error; lo vio apenas salió de la iglesia con Hanna
del brazo, quizás escrito en el arroz que les tiré encima sin rastro de
rencor. En esos últimos días perdió su dominio tan apreciado y le rechacé
por última vez, tan contradictoria era yo en mi juventud, y Andreas y
yo nos perdimos en un mar de cartas e imágenes lejanas.
Quince de marzo ya. Cómo pasa el tiempo. El pasado quince
de enero se cumplió el aniversario de la muerte de Chiara. Marché al parque
hasta el árbol en que se convierte en huesos pelados. Me quedé allí en
pie mucho tiempo. Luego removí las hierbas malas que han nacido durante
el año y regresé a casa. Comí sin ganas. La fecha me había regresado a
los años de la guerra, cuando volví a Montenotte y encontré que la lucha
continuaba. Nos mintieron. Andreas tenía razón cuando me pintó los problemas
de las postguerras: las treguas no se respetaban, y continuaba la lucha
en las montañas. Y, cuando entré en el pueblo y lo encontré vacío, sin
nadie que saliera a felicitarme por haber logrado convertirme en lo que
era, me dejé caer en un banco junto a la estación, sin aliento. Ni siquiera
pensé en marcharme. De mi familia me quedaban mis primos en Florencia,
Andreas acababa de casarse y lo demás me importaba poco.
Chiara también vivía entonces en Montenotte. La encontré
un día en la calle, y nos abrazamos casi sin hablar. Estaba pálida, muy
delgada, y vivía sola con su niño, que entonces había cumplido un año.
Prometí ocuparme de ella, y le propuse que se viniera conmigo. Preparé
para ella el sótano de la casa que había comprado. Al fin la casa del
río, aunque cada vez con menos calles para adornar una con mi nombre.
Nos sentíamos optimistas y ligeras. La guerra no duraría eternamente,
los hombres regresarían y todo volvería a la normalidad.
Sobre nosotros cayeron los rebeldes, sin saberse por
dónde, como siempre. Los del ejército les esperaban: Montenotte, tan cerca
de la frontera, había sido desde el principio de la guerra uno de los
puntos estratégicos. El día anterior yo había marchado a Milán, en un
intento de saber algo de mi madre. Cuando volví a Montenotte los ruidos
habían callado. No quedaba nadie, sólo palomas desorientadas y los muertos
en medio de la plaza, con el brillo de madrugada en los cristales rotos.
La iglesia, con la torre despuntada, me observaba con complacencia. Entre
los muertos estaba Chiara, con el mismo gesto de siempre, el cuerpo que
me había acompañado tanto tiempo roto por los balazos.
Enterramos a los muertos en el parque, sin nombre y
sin caja, alrededor del magnolio de flores como palomas blancas que fue
nuestro confidente. Luego subí hasta la cruz de la ermita. El sol comenzaba
a elevarse, y las ruinas extendían sus sombras, reptando de calle en calle.
Andreas. El tiempo se está acabando. No sé qué contestarle.
Han sido demasiadas nuestras cartas, y demasiadas cosas he dicho ya para
hacer que se conmueva. No, su capacidad de emoción, como la mía, ya no
reside en cuatro letras retorcidas en un papel.
Desde que regresé a Montenotte Hanna fue nuestro más
firme vínculo. Ella me mandaba las fotos, hasta las del homenaje, y ella
firmaba por los dos la felicitación de Navidad. Se colaba en nuestros
coloquios sobre libros y filosofía como una silueta esquiva, interrumpiendo
siempre y sufría, la pobre, porque yo era la otra y desde el momento en
que decidí tomar el tren que me alejó de Esse pasé a la categoría de princesa
encantada y ni ella ni Andreas pudieron volver a mirarse sin que mi presencia
reinase en el coto privado que era la fantasía de su recién estrenado
marido.
Quería haber visto las fotos de Stiva, pero han cortado
la luz por la tarde, de modo que escribiré un poco mientras quede día
y me acostaré temprano. Hace frío, y no tengo leña más que para una estufa.
En momentos como estos temo amanecer muerta, y sigo el diario, para no
dejar sitio al miedo.
Sé que no puedo morir antes de terminarlo, antes de
contar al niño de Chiara toda mi historia, para que él y los demás la
sepan, y descubran qué gran mujer fui yo en la juventud. He visto demasiadas
cosas, he vivido demasiado en los grises páramos de la adolescencia, la
descarnada mano de la guerra, los tiempos lujosos de mi riqueza en Alemania.
No puede reducirse a nada. No puede olvidarse todo conmigo. Debo ser eterna,
como un hada, como un vampiro. He vivido demasiado sobre el resto de los
humanos como para no ser una de las escogidas. De otro modo, habré dormido,
habré sido una araña tejiendo una tela circular y perpetua sobre un reloj
roto.
Llueve sobre el tejado y el río que se deja caer perezoso
desde la zona abandonada que se llamó Milán. Una tristeza infinita me
embarga y hace que las cosas se tiñan de un tono azulado y marchito.
Andreas se hizo dorado en su primera etapa; él simbolizaba
entonces todas las esperanzas que yo tenía de marchar de mi ámbito hacia
un futuro glorioso. Nos conocimos en Alemania, en la universidad, cuando
éramos jóvenes y alegres, y no había más que bromas. Hanna me parecía
tan peligrosa como una vecina ignorada, y desde entonces a mi sueño de
libertad se unió el nombre de Andreas Winnerhaus hasta casi espantar el
fantasma que vagaba por algún rincón de mi cabeza: Montenotte.
Ahora pienso en que quizá me equivoqué y que cuando
nací se dispuso que yo no daría hijos a Andreas ni gozaría de una vida
burguesa en Esse, sino que sería condenada a vigilar como guardiana cerbera
esta ruina moribunda. Fueron hermosos tiempos aquellos en los que los
dos trabajábamos juntos. Oh, pudimos hacer grandes cosas. Pude ganar entonces
una calle en Alemania.
Hanna agonizó durante largas semanas por un cáncer que
le devoró el útero como unas tenazas candentes. Andreas me contó que logró
arrancarle la promesa de que no volvería a casarse. También el miedo le
fue corroyendo.
Hacía tanto que no veía las fotos del homenaje que casi
había olvidado el auténtico rostro de Andreas. Ahora ya no, ya tengo medio
año de Andreas en cada recodo de mi casa y tras cada espejo. Un gran despliegue,
digno de jefe de Estado. Creo que por eso Hanna me remitió la foto y una
larga carta en la que hablaba del gran honor que se le hacía a Andreas
restituyéndole el puesto en la universidad que le fue arrebatado durante
la guerra.
Fue hábil el fotógrafo. Supo enseguida que era en los
ojos de Andreas donde el dolor debía delatarle. Le hizo caminar por el
campus encharcado (noviembre en Esse) bajo las tristes banderas pesadas
de agua. Andreas se acerca a la puerta (ya allí esperaba el rector) y
se apoya en ella. Le caen las lágrimas, la lluvia le oscurece el pelo
rubio. Y mientras tanto yo escondida en mi pueblito, tan ajena. Ésa fue
una de mis conquistas; ese puesto me correspondía a mí tanto como a Andreas,
porque fui yo quien concibió la idea, quien trabajó hasta la extenuación
en la tesis, quien le animaba cuando no quedaba dinero ni ganas para continuar.
Luego llegó la guerra.
Leí la carta de Hanna, pasé una tras otra las fotografías,
reconocí el claustro gótico de la universidad. No fue sino después cuando
recordé, sin resentimiento, sin emoción, con la misma docilidad con la
que asistí a la boda de Hanna y Andreas, que yo debiera haber estado allí.
Pobre Andreas, aún tan joven en la última foto que recibí de él.
Hoy ha dejado de llover. Al fin parece que la primavera
comienza a portarse según lo estipulado. Es veintidós de marzo. Este invierno
han muerto siete personas. Sólo quedamos trece. Entre los ataúdes se ha
ido el nombre del niño de Chiara. Ya no me encontrará, no me dará tierra
como yo hice con su madre, y me quedaré definitivamente sola.
Hacía tiempo, desde la muerte de Hanna, que no lloraba.
Me asustó llorar por Hanna, en vez de sentirme liberada por no tener que
temer las palabras destinadas a Andreas, sabiendo que Hanna las leería.
Era ella un fuerte lazo para mí, Hanna, que me hacía sentir tercera de
dos y envidiada y viva.
Sola, sí. No me queda mucho por aguantar, y he de pensar
en qué será de mí cuando muera. Ese niño muerto, treinta años apenas,
y yo tan vieja, y Andreas tan lejos. Pensar, ahora pensar. No hay sitio
para el dolor. Tantas cosas por arreglar...; el parque está destruido,
y no quiero ser enterrada bajo el magnolio, como un muerto más de la guerra.
No viví tanto para eso, para que todo se perdiera y quedara sin heredero
ni memoria. He pensado en la cruz de san Giorgio. Tengo que acordarme
de hacérselo saber a Andreas.
Todo ha durado demasiado. Mi paciencia se extingue y
muere de vieja. Oh, mis recuerdos ordenados como cajas de botones. Ojalá
pueda recordar algo. Y ahora estoy sola.
Espido Freire (Madrid, España)
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