Huesos blanqueados

Dicen que le encantaba el salmorejo
– mucho juey, mucha cebolla –
con una par de Schaeffers bien frías!

Dicen que desde chiquito fue bueno
con los números ( grado 5to? 6to?)
pero que decía que quería ser
policía “pa’ coger a los malos”

Dicen que le gustaba ir al trabajo
de su papá en el Depto. de Transportación
y Obras Públicas y verlo pintar
los letreros (para el tiempo cuando se pintaban los letreros)

Dicen que en verano se quedaba con
los abuelos en Guayama y le gustaba
comer mantecado de los chinos frente
a la plaza y asustarse en las haciendas abandonadas.

Dicen que los domingos se levantaba
temprano (hasta de teenager!) para
salir a pescar en la laguna San José
o en la Bahía en la yola que él y su
papá construyeron en el patio de la casa.

Dicen que la construyeron
de wikén en wikén y la pintaron de
rojo con un borde amarillo. (El tendría como
16 o 17)

Que para ese mismo tiempo
cogió su primera jienda con su papá
y tío Moncho en una despedida de
año en la marquesina de la casa.

Dicen que en esa yola en la laguna
fue la primera cita con ella, que
a ella le gustó más que ir al Tasty-Freeze,
(pescó dos sábalos!)

Dicen que desde ese día él la buscó todos los días
al trabajo (cajera) en el Woolworths
que estaba en la Muñoz Rivera (donde
ahora construyen la parada tren)

Dicen que se graduó de la high con buenas notas
(a ella le faltaba un año) y lo aceptaron en
Adm. de Empresas en la UPR y que su papá lloró
porque era el primero de la familia en ir
a la universidad

(y que lloró porque a esa misma edad
él estaba en un campamento de prisioneros
de los chinos en Corea)

Dicen que no pudieron esperar y que
se casaron – nada grande – y la fiesta
fue en el centro comunal de la urbanización,
que con la ayuda del papá de ella (que lo adoraba)
alquilaron un apartamentito en la calle
Loiza en Santurce.

Dicen que él se veía bien en su uniforme
de mozo (para empatar la pelea mientras estudia)
y que los dos estaban contentos con trabajar y estudiar
y salir a comer pizza a la Cueva del Chicken Inn
uno que otro viernes, ir a casas de su padres los
almuerzos de domingo.

Dicen que fue entonces cuando lo llamaron.

Dicen que él dijo que tenía que ir y que algunos
le sugirieron Canadá o hasta la cárcel,
pero él dijo que no, que tenía que ir, qué se
iba a hacer, así son las cosas

(y su papá lloró porque a esa edad él estaba en Corea)

Dicen que todo el mundo lo fue a despedir y lo despidieron
con Dios te bendigas y con escapularios y
estampitas de San Judas Tadeo (y hasta un tío
le deslizó un brazalete de cuentas
rojas y negras)

Dicen que cuando se fue, ella todavía aún no
había echado pipa pero que él llevaba
el cuerpo preñado de sonrisas.

Dicen que cuando regresó semanas después
– por última vez – ya casi dominaba
el inglés, su cuerpo como una navaja nueva
embaquetado en verde, su cuello como un
tronco grueso y su cabeza rapada (que
hasta el tío nacionalista se tuvo
que sentir orgulloso)

Dicen que hubo almuerzos y fiestas y
días de playas y barbikiú y ella
le contó de los pelos largos, los mahones
y tiros y los revoluses en la universidad.

(Dicen que ya al hijo de don Matías,
el de la tiendita en los bajos de la casa de
la otra abuela en Yabucoa lo habían traído
“de allá” en una caja sellada que decía “Do
not open”
pero que nadie habló de eso)


Dicen que le sobaba la barriga a ella – llena y
redonda como una fruta viva – y que si sentía algo
se le brotaba la cara de sonrisas.

Y todo el mundo lo fue a despedir otra vez,
lo despidieron con Dios te bendigas y
escapularios y estampitas de San Judas Tadeo y
la Milagrosa (y el tío aquel le deslizó
un brazalete de cuentas blancas)

Dicen que con la distancia a ella
le creció la soledad hasta parir y
que con la distancia él echaba
palabras como hojas de un árbol en otoño perenne.

Dicen que todo parecía ir bien, tú sabes,
es cuestión de costumbre. No mirar
el reloj ni el calendario, no
pensar qué suena a
menos: un año o 365 días.

Hasta que todo se detuvo
cuando se detuvo el carro grande
color gris gobierno frente a la casa.

Y por primera nadie dijo nada.

Con tiempo y el movimiento
trataron de tejer el olvido y domar
los recuerdos.

Hasta que los asaltaban
unos pasitos en el pasillo,
un primer día de escuela,
otro cumpleaños.

Entonces volvían a quitarle el polvo a las palabras
y a decir que él siempre se iba a los Cangrejeros de Santurce.
Que coleccionaba canicas.
Que le gustaba la playa pero no la arena.
Que cuando regresara quería pagarse más estudios
con los chavos del ejército.

Dicen y dicen y dicen, a mí no me dice nada.
Para mí no hay ese silencio. No hay espacio vacío. No hay memoria.

Cómo el cuerpo sabe lo que es
faltarle una mano si no no se ha nacido
con ella?

Y aún así… Este esfuerzo constante
de mantenerte construido, grapado,
cosido con los parches y remiendos
que no me pertenecen…

Aún así, el deseo que surge de las
posibilidades se me aflora en
rabia y llanto.

De que sea a mí que me miras, de esas fotos
donde todos los colores ya son amarillos y grises.

Que seas tú el que me esperas.

Alguna vez pensabas en el
eco de mi patada?

Yo no recuerdo nada.

Cuando lo intento, sólo veo tus huesos
blanqueados por el agua y el sol,
tirados en la tierra de los montes y arrozales
de un lugar que no puedo ni pronunciar.



Mario Belaval (Puerto Rico)