Prismáticos

Hoy mi hermano pequeño ha sido uno de esos niños sonrientes. Esos niños que se han acercado a los soldados extranjeros. Hoy mi hermano ha reído en compañía de sus amigos y ha corrido hacia un joven soldado británico que le ha dejado mirar a través de sus prismáticos. Mi hermano pequeño se ha colocado los prismáticos en los ojos y ha mirado con una sonrisa hacia el horizonte. Mi madre, mientras, recogía comida de la parte trasera de un camión junto a las madres de todos nuestros amigos, y mi hermano pequeño ha visto cómo lo hacía, a través de los prismáticos de ese soldado joven que notaba la impaciencia a su alrededor de todos los demás niños, nuestros amigos. Mi hermano me ha visto a mí junto a nuestra madre, empujada por las demás madres, recogiendo la comida del camión. Y mi hermano, en su curiosidad, ha visto mucho más. Allá, a lo lejos, más allá del lugar en el que nosotras recogíamos la comida, más allá del camión y más allá de los brazos y los gritos de expectación de los amigos de mi hermano, pero tan cerca al mismo tiempo por el efecto de los prismáticos, tan cerca como para descubrir la humillación y el dolor en su cara, tan cerca como para sentir su misma amargura, mi hermano ha visto a nuestro padre de rodillas junto a otros hombres a los que también conocemos. Nuestro padre de rodillas, con las manos en la cabeza y la dignidad tendida en el suelo. Tan cerca como para sentir su respiración agitada, mi hermano pequeño ha dejado entonces los prismáticos a uno de sus amigos y se ha dirigido lentamente hacia el lugar en el que mi padre, sin querer ver la cara de aquellos jóvenes extranjeros que caminaban en torno a él, permanecía arrodillado. Mi hermano ha avanzado hacia el lugar en el que mi padre, junto a los demás hombres a lo que también conocemos, debía continuar, ahora tumbado en el suelo, con el propósito de tumbarse a su lado y, él sí, mirar a aquellos jóvenes soldados extranjeros a los ojos y demostrarles que él, mi hermano pequeño, no tiene miedo.

 

Pilar Adón (Madrid, España)