
| Soneto del padre proxeneta Apenas los susurros son espadas. Anochece y Susana, muy deprisa, se calza los zapatos, la camisa y gatea hasta un bar de madrugada. De pronto un seco gongo, una llamada. - ¿Qué hombre te hizo aquello? -le pregunto. - ¡Si le llego a pillar... le descoyunto! |
|
|