Viernes, 9 de Mayo de 2003


 


reloj de sol

Los libros

JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE.        Recomienda esta noticia

Hay una liturgia en torno al libro que viene a definirse en lo corpóreo. La ventaja ulterior, definitiva y palpable del libro como soporte, del libro como acción rendida tenuemente a la palabra, es que el libro se toca, se aviene en ese tacto áspero y rotundo entre los dedos. Dejando a un lado la idiotez de la supuesta muerte de la novela, motivo casi siempre de cursos de verano y seminarios lascivos de verano, hay otro debate en torno al libro, esto es: la muerte del libro como objeto, la transmutación del libro quizá a favor del libro electrónico o de la liturgia de Internet. El libro electrónico casi murió antes de nacer, y la propuesta internáutica no ha logrado desbancar al libro como objeto, como cuerpo que vibra y que gravita en el arco de aire de unas manos. Si hablamos de información o de literatura, o de acceso a la información y acceso a la literatura, es cierto que Internet es una autopista incuestionable, un camino abierto sobre el mar que nos hace mirarnos allá lejos, auspiciar una búsqueda que antes de Internet era imposible, auscultar la memoria de los días en sitios cuyos días nunca conoceríamos de no ser por Internet. Nadie discute la prominencia de Internet, su valor de búsqueda en el limbo que ahora es menos limbo y viene a decantarse en lo encontrado. Gracias a Internet, yo puedo leer las crónicas de mi amigo Rogelio Guedea, viejo conocido de la tribu literaria cordobesa, en el periódico El Informador de Méjico D.F., y también puedo releer algunos poemas nuevos del poeta cubano y pinareño Nelson Simón o del yucateco Jorge Lara, del mismo modo que me encuentro con la revista Fósforo, de Gonzalo Escarpa, navegando en la red quizá intangible y fría, pero cada vez más cálida y también más tangible en este buscador de la palabra.

Pero el libro, y eso lo saben bien Rogelio Guedea, Nelson Simón, Jorge Lara y Gonzalo Escarpa, es otra cosa. El libro es un objeto, una constancia. Del mismo modo que uno se define por las lecturas que prefiere, uno se define, también, por la forma de acercarse al libro como objeto. Hay quien compra un libro por el título o por la portada, pero hay quien se enamora del libro como objeto, del perfil recortado en la tribuna bien de novedades o poesía. El tacto, la pulsión, una encuadernación que determina. Hay colecciones de poesía que hacen del formato, de la pasta y las hojas intonsas y ancestrales, una identidad servida fría. Hay quien no es capaz de meterse en la cama sin un libro yacente entre las manos, hay quien no concibe el sueño de la siesta sin un libro pegado al pecho tibio, anclado entre los brazos de un letargo. Uno se define por sus autores favoritos, pero también por la forma de tocarlos. Frente a la inminencia informativa de Internet, el libro, el trato dado al libro, propone una ética vital: la diferencia entre el uso y el amor, sin ir más lejos. Seguro que hay libros que no les importaría donar al Centro Reto, y otros libros de los que nunca se separarían: libros que acompañan una vida, que se abren con cuidado y hasta se forran de papel de periódico para impedir el desgaste imperioso de las horas. Son para leerlos, claro. Algunos, también para guardarlos.

 

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Nº 724.