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Una tarde, cuando sacaba el polvo, encontró un papelito
en uno de los cajones de la cómoda. Elena no recordaba que la cómoda
contuviera nada cuando la heredó. El papel, amarillento y rugoso, ocultaba
cuatro palabras: Armando se ha ido. Y la frase, envuelta en la letra
picuda e inconfundible de la tía, terminaba ahí. Elena, sentada en el
suelo, recordó el rostro arrugado, el acento contaminado irreparablemente
por el tono del Caribe de la tía, la pobre solterona, y se le llenaron
los ojos de lágrimas. Armando se había ido, primero poco a poco; faltaba
a las meriendas de los martes, ya no le dejaban notas amorosas en la
ventana. Después, no le mantenía la mirada. Finalmente, había dejado
de visitarla, y al final su prima Irene le trajo la noticia: Armando
regresaba a España. Posiblemente fuera allí a casarse. Elena lloraba,
veía de pronto las rejas de las ventanas, la pereza estival de La Habana,
el cuarto con visillos lánguidos y una cómoda recién comprada, con sus
cajoncitos forrados de raso celeste, y sintió lo que eran los días de
soledad, conoció el miedo a quedarse soltera de por vida, a la pobreza,
a la vejez implacable. Quiso levantar la cabeza y alejarse de aquella
idea, pero algo fallaba: la casa se desdibujaba y sus piernas parecían
muy pesadas. Se despertó. Había soñado de nuevo con lindas casas, y
maridos ausentes, y amigas que la envidiaban. Pero ella estaba allí
y ya no esperaba a su hombre, como antes había esperado, desde que Armando
se fue, quién sabe si a casarse, a España. Y su imaginación, que a veces
le hacía estar casada con un rubio extranjero llamado Wolfgang, y otras
con un porteño de ojos negros, fallaba cada vez más a menudo, como su
memoria. Se llamaba Elena, tenía ochenta y seis años, y de su pasada
grandeza no le quedaba sino un espejito de tocador, una lámpara con
dibujos de uvas en la tulipa y una cómoda con cajones donde guardaba
las cartas de Armando, amarillentas y caducas. Y su felicidad, como
el sueño, se había esfumado con la madrugada.
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