Concordatio ad sensus

   Quien quiera conocer a un tipo callado, a un monosilábico y silencioso debería pasarse por casa y conocer a mi viejo. Después de años de silencio, mi madre se escapó de él con el coche y el perro, nos dejó un loro y se hizo cómica. Lo del loro debe haber sido su primera gracia. Le estaba diciendo a él que los loros hablan pero tampoco saben lo que dicen. Yo me quedé con él y me aficioné a la tele, al tabaco y a la música sin letras. Él volvía del trabajo y se callaba oyéndola. Hiciera lo que hiciera siempre parecía que lo que de verdad estaba haciendo era callarse. Callarse era lo que le interesaba, lo que le iba de verdad. En todo caso me ahorró el escuchar una campaña contra mi madre. Nunca la hubo, creo. Si la vieja salía por la tele él veía el show y se sonreía. A veces soltaba una carcajada y seguía con lo suyo. Al loro lo alimentaba él. Yo le había puesto nombre y él le daba pipas y fruta. El loro era una tumba, pero silbaba.
Un día le estaba dando comida al loro y había un programa en el que salía la vieja. Era navidad y le había colocado un gorrito de papá noel que le daba una pinta bastante triposa. Todo verde con el gorro rojo y la cara de cabrón típica de los loros. Él estaba mirando la tele y poniéndole comida al mismo tiempo, yo estaba sentado enfrente y los miraba fumando, yo también en silencio. El alpiste aquel caía de la caja directo al comedero y dejó de caer cuando llegó al borde. En la tele el público reía. Pero mi padre tenía los ojos fijos en la pantalla mientras yo miraba esperando que se desbordase y no se desbordaba.
La vieja se hizo cada vez más famosa y pronto le pusieron un programa semanal. Él lo veía y a la mitad, sin decir una palabra, se levantaba y le ponía comida al loro. Yo me quedaba fascinado una semana tras otra. Hasta se reía de los chistes. El loro silbaba o le topaba el brazo maquinal que dejaba de servir alpiste (el alpiste se sirve y se derrama como el agua) a dos milímetros del borde del comedero. El público se descojonaba cada semana más alto.