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Como no podía ser menos, la vieja empezó a
salir en las revistas y nosotros leíamos su vida y a mí
no me extrañaba que no escribiera. De todas formas siempre estaba
allí. Yo volvía del trabajo con mi tabaco -fumo desde que
salgo de trabajar hasta que me acuesto-, me sentaba a oír música
en el salón, donde ya estaban mi padre y el loro, y así
todas las tardes. En verano me emborrachaba por las mañanas e insultaba
un poco al loro para ver si aprendía a decir algo. Ni así.
Un loro mudo y mi padre callado haciendo sus cosas por la casa. En navidades
me pasaba el día borracho. El loro silbaba la música más
en invierno que en verano. A lo mejor le abrumaba tanta bronca, o a lo
mejor el calor. Mi padre no decía nada pero se le veía divertirse
con todo aquello. Tampoco se vivía mal con él.
En una revista apareció una foto de la vieja con un novio y él
lo leyó mientras comíamos. Yo lo había leído
ya y lo había dejado en la mesa de la cocina. Él estaba
comiendo judías verdes y yo bebía cerveza de una lata y
lo miraba. No ponía los ojos en el plato sino que leía y
pinchaba las judías verdes al mismo tiempo sin fallar una sola
vez. Siempre se llevaba el tenedor lleno a la boca. Terminó el
artículo y el plato al mismo tiempo, se levantó, fregó
sus cosas, dejó el periódico en su sitio. Como si tal cosa.
Cogió al loro, se lo puso en el hombro y se fue al parque. Era
su nueva e incomunicada costumbre del buen tiempo.
El piso olía a silencio y a ascensor, como las casas de renta antigua
habitadas por viejas. Yo me sentía como una vieja, pero me daba
igual. Mi música, mis periódicos, la radio, los paseos,
el loro silbando, la tos de la mañana y el cigarro toda la tarde
en los dedos, la vida de mi vieja: eso era mi universo. Eso era el universo.
Si llovía me iba del trabajo directo a casa, si hacía bueno
me volvía andando, fumando y mirando a la gente con ojos silenciosos
que ellos no verían nunca a través del cristal de las gafas
de sol que nunca me ponía. A veces me sorprendía diciendo
en voz baja que nadie se fija en nadie. La verdad es que pasaba de todo.
Un día en que la vieja se libró por los pelos de un incendio
en el teatro que estrenaba su último monólogo cómico
invité a mi padre a una cerveza. Le dije que también invitaba
a su sombra verde. Se rió y me dio las gracias con un gesto. Conectó
la radio para escuchar las noticias de la vieja y abrió su lata.
Se puso a verterla en el vaso mientras sintonizaba mejor la cadena de
la radio. Miraba el dial y servía la birra al mismo tiempo delante
de mis ojos. Como ya me había bebido tres exclamé algo pero
él no me hizo ni caso. Ella estaba bien, la radio sonaba y la espuma
estaba al filo del vaso. Tres dedos perfectos y blancos como los de una
duquesa rusa subnormal.

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