Yo pensaba en esos momentos con mucha frecuencia. Me parecía que tenía una habilidad de cálculo innata. No fallaba nunca y yo me fijaba en él más y más. Delante de mi jeta mi padre batía huevos mirando por la ventana a los murciélagos revolotear alrededor del farol de la calle; se ponía pasta en el cepillo con los ojos fijos en un grano que le había salido en un poro; partía cebolla y leía el libro de cocina al mismo tiempo. Me dije que era cosa del loro y pensé en liquidarlo a ver qué pasaba. Pero la broma inaugural de la vida cómica de la vieja, que alcanzaba ya proporciones de diva internacional, era muy sólida; el sarcasmo vivía entre nosotros hecho loro y me pareció poco elegante quitármelo de en medio. Lo cierto es que todos esos malabarismos los hacía mi padre con el loro delante o no. A lo mejor era yo. Me corroía saber cómo hacer todo aquello. Era nimio y no tenía importancia pero es que nosotros mismos no la teníamos, una familia de dos, una famosa y un loro. Yo sabía que éramos de circo. Y que entre ese circo y el otro mi madre había escogido uno. Por eso quería saber de dónde salía esa facultad de domador de objetos y fluidos que tenía el viejo.
Un día la tele anunció el estreno de la primera película de la vieja. Hacía varios papeles, varios monólogos largos. La música estaba puesta cuando salió la cara de la vieja. Él miraba la tele, el loro silbaba la música como un poseso y yo miraba a mi padre. Estaba sentado en un sillón en camiseta. En la mesita supletoria había un paquete de tabaco vacío. Con la vista puesta en la tele el viejo cogió la cajetilla, la arrugó y la lanzó contra el equipo de música. Con un ¡tap! que sonó como un disparo en la casa de dos mudos y un loro la caja acertó en el power del equipo y la música se paró. El loro se quedó callado y él subió el volumen de la tele con el mando a distancia. Cuando terminó la noticia se levantó, se colocó al loro en el hombro y se fue a dar un paseo. Era de noche y hacía calor. Yo apagué mi cigarro, arrugué la cajetilla, me levanté y les tiré el paquete cuando pasaban por debajo de la ventana. No le di ni a él ni al loro.