biografía



Mi trabajo era una mierda pero sin responsabilidades. No tenía trato con el público, pero mi labor era útil a otros que sí la tenían. El de mi padre era parecido. Vivíamos sin sobresaltos y yo casi no hacía otra cosa que mirarle. Estaba casi siempre contento y seguía pasando de todo, sólo que me desaficioné a la tele. Ahora miraba a mi padre verla. O lo que hiciera. Yo miraba al viejo, fumaba y me emborrachaba en verano sin dar ruido y sin dejar de mirarle. Sin admirarle, sin odiarle, sin hablarle.
Hacía ya siglos que la vieja se había ido, pero siempre estaba ahí. En la gala benéfica de la cruz roja, en el anuncio de bonos del tesoro, en las eternas fiestas del canal público, en las tertulias de la radio y hasta en el último terremoto de Sudamérica. Siempre hacía reír a todos. A nosotros también y al loro le encantaba oírla. La conocía por el tono de voz. Sus monólogos eran famosísimos, publicaban antologías y se hablaba de estilo propio y de gracia inconfundible. Ése era el circo que había escogido. Nosotros nos enteramos por la radio del coche una mañana que íbamos juntos a trabajar. Tuvimos un accidente. La radio dijo que ella estaba muerta mientras yo miraba de reojillo a mi padre conducir y limpiar el cenicero por la ventanilla sin prestar atención a la carretera. Lo oímos y yo miré hacia delante dos segundos. Oí caer el cenicero en la calzada y vi salir por la derecha un BMW negro. Hubiéramos podido frenar pero no lo hicimos. Nos empotramos contra su puerta y lo cierto es que nos reímos mientras el tipo forcejeaba con el airbag. Fue un accidente sin importancia. No estuvimos a punto de matarnos, ni siquiera de rompernos un diente. Le cogí de la solapa de la chaqueta de pana que lleva al trabajo todos los días desde que tengo recuerdo y le dije:
-¿Cómo haces todas esas cosas sin mirar?
No entendió la pregunta porque además estaba entretenido viendo vociferar al tipo del BMW, que nos había oído reírnos y estaba de muy mala hostia. Lo llevaba claro si pensaba que mi padre iba a decir algo. Sólo metió la mano en la guantera, cosa que en principio hizo callar al otro, que pensó cobardemente en una pistola, y sacó la póliza del seguro y una fotocopia con sus datos. Antes de que abriera la ventana para darle todo eso sin una palabra le pregunté otra vez.
- Ya lo hacías tú por mí.
Y le dio los papeles al del coche negro y el loro seguía en casa haciendo lo que siempre hacía cuando no estábamos allí, y la vieja había muerto, y el parte del seguro y la foto del perito, llegar tarde al trabajo, apartar los coches de la calzada y solucionar el asunto con la mayor de las urbanidades. Y el viejo sin soltar palabra, para variar.