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Todo rigor es mortis
La veo ahí, enfrente de mí, pegada al televisor como
una errata de libro, la mosca tsé-tsé, la cojonera, la del vinagre,
todas las moscas en una sola, gorda, panzuda y azul esmaltado. Revolotea:
danzón, cumbia, chachachá; me busca golosa, la veo amerizar en el vaso
de leche, hurgarse la boca con las patas, mis ojos tan abiertos, con
esa expresión inmunda de no tenerme, de estar ausente. La veo saltar
al libro abierto bocabajo, al frasco de propanodiol, al borde de mis
dedos, desde allí me mira, me multiplica en esferas y rostros y expresiones,
calidoscopio terrible, la misma expresión cetrina refractándose en su
prisma, me busca como me vino buscando el insomnio, durante años, estaciones,
quinquenios, lunas. La veo ahí, enfrente de mí, chupándome la mugre
de las uñas, gordita, rubicunda, la mosca casera, la de grupo, la de
las piedras, la de la carne, a esta mosca se le suma otra mosca y a
esa mosca otra y luego una más; justo ahí que comprendo que no es una,
son varias, que mi rostro les llama la atención, que mi cuerpo las reclama
dulzón, perezoso; que comprenden que ha comenzado el hedor.
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