Sufro la incertidumbre de llamarte poema

Todo está -pensé-
en saber nombrar las cosas.

Julián Herbert

El nombre de las cosas debería cambiar
según el ánimo de quien las mira.
Palabras camaleón
adecuadas al humor que nunca es el mismo.

¿Cómo debo llamar al océano
cuando cala esta tristeza?
¿Inmensa lágrima, profundidad deseada,
territorio que se enciende con el sol
(justo en el momento del atardecer
en que edificios y catedrales quisieran ser rojos)
para volverse un mar de cenizas por la noche?

No quiero decirte amor todos los días
¿qué si me dan ganas de llamarte puta?
o dejarte sin nombre una semana
y desconocer tu cuerpo
y luego bautizarlo en el nombre del agua y el aceite
y de otras cosas que se ocultan
para asomar sólo
cuando no hay distancia entre los cuerpos.

La sombra debe tener otro nombre
si cubre un orgasmo, una muerte. No es la misma:
es a veces honda como una cama,
otras basta un diente para hacerla pedazos.

Mi madre es a veces mi padre
cuando habla conmigo de hombre a hombre,
y una desconocida
cuando se encierra a llorar
y no tengo nada en común con ella.

El silencio de pronto es infierno,
el cielo es espejo,
los perros me saludan mejor que personas.
La noche es principio,
fin, casa,
corredor con puertas cerradas,
llave que no abre.

Y justo en este instante
no pueden llamarme de forma alguna:
estoy en espera de quien sepa nombrarme.




biografía
(de Galería de armas y errores, Fondo Editorial Tierra Adentro, próximamente)