Llegó puntual a la cita. Atravesó el jardín y descubrió que la puerta estaba abierta. Entró sin llamar. Le sorprendió la cantidad de polvo que había en el pasillo, una enfermedad que se había contagiado a las tablas del suelo, a los muebles y a los cuadros; incluso había ocultado las grietas de las paredes, de aquellas paredes que habían soportado sus gritos cuando era niño, pero que ahora parecían insensibles a cualquier eco del pasado. Sus padres habían descuidado la casa, pensó. ¿O tal vez era él quien había descuidado a sus padres? Con un sentimiento de culpabilidad se dirigió a la cocina. Allí, la radio gritaba al sol del mediodía las ventajas de cierto cosmético hidratante. Decidió sorprender a su madre. Mientras abría la puerta sacó el regalo que llevaba escondido. Madre, aquí tienes a tu hijo. Ella estaba de espaldas, con la mirada perdida al otro lado de la ventana. El chico dejó el obsequio sobre la mesa, entristecido. Debía haberlo supuesto. Las malas noticias vuelan rápido, y alguien los había advertido del tipo de vida que llevaba su niño en la ciudad. También de la clase de compañías a las que se había aficionado, y que le habían obligado a cometer... aquello. Si sus padres sabían la verdad, la palabra familia dejaría de tener sentido para él a partir de ahora. De hecho, ¿cuándo lo había tenido?, reconoció amargamente. Decidió que lo mejor era dejar a su madre sola en aquel momento, y cerró la puerta despacio. En el salón, su padre observaba con desinterés las noticias, esperando los pronósticos meteorológicos. Se diría que llevaba mucho rato allí en silencio, porque el cigarro se había consumido entre sus dedos y las gafas de montura negra amenazaban con caer de sus ojos cansados. Hola, papá. He vuelto, habló el hijo pródigo, tomando asiento a su lado. Contemplaron con indiferencia las imágenes que llegaban vía satélite, algo acerca de un choque de trenes. Una tragedia. Papá, imagino que..., que ya lo sabéis, ¿no? El hombre tenía los ojos brillantes a causa de la emoción, pensó el chico. Alguien os lo ha dicho, supongo. Sólo quiero que... El chico se interrumpió, esperanzado. Por un momento pensó que su padre diría algo, por insignificante o estúpido que fuera; algo que le ayudase a admitir su culpa. Pero no fue así, y la pantalla acaparó toda su atención al llenarse de borrascas y previsiones de lluvia. Quiero que sepáis lo mucho que os he querido, y lo difícil que ha resultado para mí. ¡Pero aquí estoy, papá, lo he conseguido! Ya no volveré a... Guardó silencio. Los dos sabían que no era verdad. Que volvería a caer en ello. Y el chico tuvo que admitirlo: Te entiendo, papá, dijo palmeándole la mano. Os entiendo a los dos. Prometo que nunca más os avergonzaréis de mí. Se puso en pie con determinación y miró hacia el oscuro pasillo. Me gustaría despedirme de mi hermana antes de irme. Está en su cuarto, ¿verdad? Aquel corto trayecto le trajo a la memoria viejos fantasmas, imágenes ya borrosas de inocencia perdida. Y también de perversión.