
| Poema a Isaac
La poesía no se debe notar cuando es escrita, dice un mosquito
sobre mí: Ángel, exquisito, repugnante, el papel de arroz, el tabaco: la música, madre sobre nosotros –¡vaya [ humedad!- y definitivamente hay sueño. Tú, zorro volador, ¿no estarás braceando? Dime transparencia. Dime: compás. Dime ritmo de perro, cuatro patas: una uña partiendo la noche. Dime arcano. Luna. Esa palabra tiene un carácter maligno cuando pides la cuenta y yo me quedo temblando. De temblor de tierra, de grietas que se abren, de diablos y diablesas que emergen de un lirio y comienzan a sudar. Sean ríos desbordados, sean plagas, hambre; y nosotros, muchachuelo, no nos salvaremos por un solo poema, por una vocal similar a un fagocito. Oye, Ángel: el otro día saltabas con una tecla –eras la tecla- y un dedo te tocaba. Pero no era eso. Era el aire que penetrando en el réquiem hacía que las migas huyeran de las partituras. Y todo era limpio. No me dirás que la estrella del atardecer, no me dirás que los gemelos o el toro. Yo vi la blancura: un caramelo de leche, la nieve que nace de la lágrima de un pájaro. Vi la semejanza entre la albura de una palabra –no entiende su poesía- y una verdadera maldad. Yo ya no sé si tú quieres venir para hacer gala de lo que eres. Tus amigos valoran la nereida encerrada entre su propia imposibilidad. Dos veces dijiste: yo tengo un secreto, yo tengo un secreto. Y yo dije: soy verbo y tú no ¿Recuerdas? El día ya cabe en un cabello tuyo. Esta rosa no explica su cantidad de pétalos como sostén del cosmos. La poesía no se debe notar cuando es escrita: utilizar el lenguaje para corromper el lenguaje. Pero créeme, saltamontes, que el verdor no explica su propia capacidad. Quién diría: el sol cabe entero en su hoja y es igual un poema: es capaz su blancura de atrapar lo que eres. Y lo vuelve oxígeno. |
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