Poema a Isaac

La poesía no se debe notar cuando es escrita, dice un mosquito sobre mí: Ángel,
le dije. Oye, Ángel ¿Qué te parece si nos tomamos la flor desconocida de vidrio
y bebemos el espectro como si no quiere la cosa, su relación de tres ejes: uno, la alineación;
dos, la clarividencia; tres, el pulso, que repite su picorcillo sobre el pecho de Dios?
Y aventamos las plumas. Con mi dinero haré una casita de barro, un chalecito lleno
de libros flotantes: estará Blake, estará Milton, estará Sexto Propercio: la desnudez de su mujer
será la ventana y los dos asomándonos. La leche ardiendo en los ojos de la calavera,
y ¿quién de los dos –luciérnaga, martín pescador- beberemos? Yo creo que la poesía
es parecida a un susto: alguien tras la puerta, un grillo que chirría –sería tópico una lápida-
y de repente: “¡Buaaaa!”. Nos quedamos con un rastro de caracol entre las piernas.
Pero seguramente tú no tienes ganas de jugar. Menos de doblar trescientas veces el cadáver
exquisito, repugnante, el papel de arroz, el tabaco: la música, madre sobre nosotros –¡vaya                                                                                                                                                              [ humedad!-
y definitivamente hay sueño. Tú, zorro volador, ¿no estarás braceando? Dime transparencia.
Dime: compás. Dime ritmo de perro, cuatro patas: una uña partiendo la noche. Dime arcano. Luna.
Esa palabra tiene un carácter maligno cuando pides la cuenta y yo me quedo temblando.
De temblor de tierra, de grietas que se abren, de diablos y diablesas que emergen de un lirio
y comienzan a sudar. Sean ríos desbordados, sean plagas, hambre; y nosotros, muchachuelo,
no nos salvaremos por un solo poema, por una vocal similar a un fagocito. Oye, Ángel:
el otro día saltabas con una tecla –eras la tecla- y un dedo te tocaba. Pero no era eso. Era el aire
que penetrando en el réquiem hacía que las migas huyeran de las partituras. Y todo era limpio.
No me dirás que la estrella del atardecer, no me dirás que los gemelos o el toro.
Yo vi la blancura: un caramelo de leche, la nieve que nace de la lágrima de un pájaro.
Vi la semejanza entre la albura de una palabra –no entiende su poesía- y una verdadera maldad.
Yo ya no sé si tú quieres venir para hacer gala de lo que eres. Tus amigos valoran
la nereida encerrada entre su propia imposibilidad. Dos veces dijiste: yo tengo un secreto,
yo tengo un secreto. Y yo dije: soy verbo y tú no ¿Recuerdas? El día ya cabe en un cabello tuyo.
Esta rosa no explica su cantidad de pétalos como sostén del cosmos. La poesía no se debe
notar cuando es escrita: utilizar el lenguaje para corromper el lenguaje. Pero créeme, saltamontes,
que el verdor no explica su propia capacidad. Quién diría: el sol cabe entero en su hoja
y es igual un poema: es capaz su blancura de atrapar lo que eres. Y lo vuelve oxígeno.





biografía
(del libro inédito Los Caníbales Exquisitos)