Miedo

   Cuando Berta se incorpora por las mañanas, lo primero que ve enfrente de ella, enfrente de su cama, es un inmenso, algo exagerado, póster de una escritora que no sonríe. Se trata de Marguerite Yourcenar ya algo anciana y con un pañuelo ligero sobre la cabeza. La escritora no sonríe pero a Berta le entran ganas de darle los buenos días a aquella mujer profundamente inteligente y de levantarse con un ánimo que, quizá, no tendría si Marguerite Yourcenar no permaneciera a su lado durante toda la noche. Así que Berta se levanta sin desperezarse, se encamina hacia el salón y recoge la ropa que utiliza para estar en casa. Luego va al cuarto de baño y allí se quita el pijama todavía de verano para ponerse un pantalón de lino y una camiseta de manga corta.
   Ya con su nuevo aspecto, se dirige a la ventana del salón. Allí está, en uno de los balcones del edificio de enfrente, impertérrito, el mismo niño de todos los días mirando a través de unos prismáticos hacia la casa de Berta. Ella le saluda con la mano y le sonríe. "Ya te queda poco tiempo", piensa. Y a continuación parece querer decírselo con gestos y mueve los labios sin pronunciar ninguna palabra. Hace como si abriera un libro que lee y luego pone cara de aburrimiento. Dentro de poco comenzarán las clases y su espía estacional desaparecerá de aquella terraza por las mañanas.
   El salón de Berta está lleno de plantas. A veces debe esquivar las hojas de alguna de ellas que ha crecido demasiado. Ella no quiere rozarlas con el cuerpo porque sabe que las plantas sufren y se marchitan si se las molesta. Se puede hablar con ellas, se puede poner música para ellas, se puede regar y abonar su tierra, se puede intentar quitar el polvo de sus hojas, pero no se las puede molestar cada vez que se camina por el salón para llevar la mantequilla a la mesa. Tampoco se las puede estar cambiando de sitio con mucha frecuencia. Mejor nunca. Berta suele sonreír cuando piensa esto. Contempla sus plantas y luego pasa un dedo por alguna hoja, muy despacio. Piensa que cuando se elige un lugar para una planta, se elige a conciencia y definitivamente. Como cuando ella eligió aquel piso en Madrid en el que vive ahora, después de dejar la casa de su padre. Con cuidado, y sabiendo que sería para siempre. Así piensa Berta: las cosas se deben hacer con cuidado porque cualquier cosa que se haga tendrá efectos y esos efectos serán irreversibles.
   Desayuna en la mesa del salón junto a una enorme cinta de colores firmes: verdes a los lados y blanca la línea central. Al inclinar la cabeza hacia la taza, algunas de las hojas de la cinta se le meten en los ojos, entre el pelo, y a ella no le molesta porque es el único contacto físico que mantiene con algo que no sea ella misma desde hace más de dos meses. Así que se deja acariciar y se deja invadir por las largas hojas de la planta con una sonrisa breve y con la mente en algún lugar mucho más cálido y mucho más acogedor. Berta puede caminar durante horas. Y no se cansa. Puede caminar sin tener ni idea de por dónde va. Y no se asusta. Puede cruzarse con hombres que visten un traje oscuro perfectamente planchado y con mujeres que acaban de salir de la peluquería y llevan un bonito pañuelo al cuello. Puede contemplar cómo una rumana intenta convencer al conductor serio de un inmenso coche rojo mostrándole a su hijo lleno de mocos al otro lado de la ventanilla y puede ver cómo un grupo de niñas con el uniforme del colegio sale al recreo con sus bocadillos envueltos en papel de aluminio. Otras niñas mayores y con el mismo uniforme fuman apoyadas en una pared. Berta puede caminar durante horas y, al pasar por delante de una tienda de decoración, puede verse reflejada en un espejo estrecho que adorna la pared. Se detiene y se mira. Es ella. Ella que corre por una pradera. Ningún obstáculo. Su perro corre detrás. No se ven árboles, no se ve gente. No hay nada que pueda interrumpir la carrera de Berta.