|
Nada excepto el
recuerdo de aquella mañana en la que su padre tuvo un pequeño accidente
con el tractor. Entre las plantas. Estaba intentando sacarlo de un hoyo
en el que se había quedado atrancado, y se le cayó encima de una pierna.
El padre de Berta quedó atrapado debajo, entre las plantas, sin poder
moverse y comenzó a llamarla. El perro ladraba como un loco, Berta corría
con un libro en las manos. Corría y el aire se le metía en los ojos.
Corría y veía a su padre en el suelo, entre el barro, las plantas, con
la cara enrojecida con un rojo que jamás había visto en la cara de nadie
y, cuando llegó junto a él, se dio cuenta de que no podía hacer nada.
¿Qué podía hacer? ¿Qué iba a hacer? No podía mover aquel tractor ella
sola, no podía hacer nada sola. Comenzó a dar vueltas en torno a su
padre y en torno a las plantas mientras el perro no dejaba de ladrar,
y contemplaba aquel rojo violento que cada vez era más violento en la
cara de su padre.
- Ve a avisar a alguien -dijo él-. Trae a alguien.
Y entonces ella corrió y corrió, con el libro en las
manos, pisando las plantas y llorando en silencio sin ver por dónde
iba. Llevaba un libro en las manos… Tenía veintinueve años y corría
como cuando tenía siete.
Se cruzó pronto con dos hombres que corrieron con
ella y que sacaron a su padre de debajo del tractor. Afortunadamente,
la pierna había entrado en un hueco del barro y, después de unas horas
en el médico, el padre de Berta podía caminar con la ayuda de una muleta.
Ese fin de semana dieron una comida e invitaron a
11 personas. El perro ladraba y Berta miraba a su padre que pronto podría
dejar la muleta. También ella podría abandonar pronto aquella tierra
que rodeaba la casa de su padre.
Una de las plantas tiene una hoja que está comenzando
a marchitarse. Así que Berta coge unas tijeras y la recorta con cuidado.
Tararea algo. Despacio y sin mucho empeño. Sigue tarareando y, mientras,
ladea ligeramente la cabeza y vuelve a observar cómo el niño continúa
en su balcón con sus prismáticos, mirando hacia su ventana. Ella entonces
levanta la hoja marchita y se la muestra al niño. Luego se da la vuelta
y camina hacia la cocina. Una vez allí, lo único que hace es tirar la
hoja seca a la basura.
Berta puede correr por una pradera llena de margaritas
con su perro detrás, con más cuidado esta vez, sin mirar atrás, porque
sabe que el barro está ahí, en cualquier sitio, y que aparecerá cuando
ella menos lo espere. Un leve descuido, una mínima desorientación, y
el barro aparecerá para tragársela.
|