Ella, yo y el otro

Había llegado el momento en que sólo diferenciaba el cambio de semana por la entrada del distribuidor de agua mineral al edificio. Cada viernes. Ese día salí como de costumbre a recoger las botellas; había pasado una noche mala. Quizá no sea el adjetivo adecuado: una noche inquieta; mi cama sufrió demasiado con mis sobresaltos. Y mala, sí, también. Debo ser sincero. Hacia mi dormitorio habían reptado, entre el hechizo y lo insoportable, los ruidos del departamento de al lado, donde vivía un hombre solo, desde hacía pocos días, según información del portero. Un solitario que, por los ruidos, había estado bien acompañado. Me levanté de pésimo humor y salí a retirar el agua; aún no eran las siete. De repente, la puerta del departamento de enfrente se abrió y salió una mujer. El vecino la despidió con un "después te llamo" y cerró la puerta. Yo estaba en pijama, ella me miró. Una mirada que no cabe en un par de palabras, ni en diez. Luego sonrío y desapareció en el ascensor, que no demoró nada en llevársela. Hacía mucho tiempo que no me dolía la ausencia de una mujer.
Ese viernes, a la noche, después que regresé del laburo, estuve al acecho, pretendiendo oír una señal de cambio de ambiente en el departamento de al lado. Nada. Pero al día siguiente, no pude volver a dormir. Ni el domingo tampoco. No pude dormir hasta que pasó el martes. La irrupción de aquella mujer me devolvió la cuenta del tiempo. Por primera vez tuve miedo de envejecer.