A partir de ese fin de semana, en la mañana temprano, tras cada madrugada agitada en casa del vecino, me quedaba espiando su salida, temblando, mirando por el ojo cómplice de mi puerta. Él la despedía, nunca un beso, o un abrazo, simplemente "después te llamo". Yo comencé a soñar con poder llamarla. Comencé también a observar al vecino. Su forma de vestir, de caminar, de abrir la puerta del ascensor, de dirigirse al portero. Lo observé cuando tomaba el colectivo, cuando salía con el paraguas y el piloto en los días de lluvias. Fui detrás de él entre las góndolas del mercado, quería saber qué consumía; me hice cliente de los negocios donde compraba su ropa, sus zapatos, todo lo que era su costumbre; me aficioné a leer sus diarios y revistas y hasta logré saber qué programas frecuentaba en su televisor y en la radio. Fue duro averiguarlo, las orejas se me enrojecían de tanto presionarlas contra la pared. Me avergonzaba la situación, pero no podía reprimirme. Era la única forma de saber cuándo ella vendría. Como una rata hambrienta, rastreé en la bolsa de basura del otro para precisar otros detalles; me interesaba cualquier cosa que se relacionara con el vecino. Le calqué su tono de voz, ensayé en mis manos sus manos.
Mi día de triunfo fue un miércoles. Ese día el portero me confundió con él.
Las noches que para mi desdicha disfrutaba aquel hombre, aceleraban el pulso de mis planes. Un detalle me faltaba y la suerte me respaldó un lunes, cuando hubo una filtración de agua en el departamento de al lado. Sentí que él protestaba, vino el portero, hablaron, después llegó un plomero; al rato, salieron, el vecino lo acompañaba y ¡la puerta quedó abierta!
Mi vista había adquirido el poder del águila y mi percepción estaba dilatada, extendida, en la justa medida de mi rapiña. El ojo de mi puerta era mi cómplice crucial. De inmediato, pasé al otro lado, la vida de un minuto fue suficiente para tomar unas fotos. Necesitaba robarme ese ambiente; y la cama, sobre todo la cama.