Al siguiente fin de semana, pinté mi departamento, lo redecoré,
y en el próximo, cambié el mobiliario. Y llegó el día. Era jueves, y cerca
de las diez de la noche aflojé las dos lamparitas del pasillo. Me sentía
nervioso, no soy creyente pero imploré que la viejita del otro departamento
del piso no tuviera la idea de salir; ya sabía que en el cuarto departamento
no había nadie a esa hora. Mis cálculos no me defraudaron. Las orejas me
ardían, pero bien valía el sacrificio: ella llegó a las diez. El sonido
del ascensor subiendo se me clavó en el corazón, la sangre me bombeaba enloquecida.
No podía fallar. No; era mi apuesta al futuro. Cuando salió al pasillo,
esperé que el cono de luz del ascensor la dejara desprotegida. Esperé con
las manos ansiosas. Extendí los brazos, la abracé y la besé. Todo súbitamente.
Abrazándola, le di varias vueltas, para desorientarla respecto a la puerta
que esperaba su entrada, giramos como si estuviéramos bailando.
-¡Sos loco! ¿Qué celebramos? -dijo. Ella conocía mi colonia.
Le susurré que no hablara y simplemente seguí besándola. En tanto, dimos
los dos pasos que faltaban. Me apretaba fuerte, era muy sensual. Entramos,
y la amé. Con devoción, desespero y agonía, esperando que en un resquicio
de mi pasión ella entendiera que algo no era como lo acostumbrado. Pero
mis temores no se colaron en la cita. Ella me amó como yo lo había soñado;
para mí fueron los sonidos perturbadores. Me la imaginaba aturdida, después,
ese día o al otro día, buscando explicaciones para un delirio que ella no
podía comprender ni el otro explicarle. Para animarme, me dije que no hay
futuro sin presente, y el presente se había realizado. Una sola cosa me
dolía, hondo, muy hondo. Me dolía extrañar su mirada. Esa mirada que me
había enamorado. Todo fue al amparo de las sombras, eso la divirtió; una
única vela derretía sus aromas en el baño. Mi capricho la había enloquecido,
volviéndola más adorable.
Con la excusa de un engorroso trabajo de urgencia, le pedí que se retirara
antes de las siete. Era invierno, a esa hora todavía las sombras jugarían
a mi favor cuando ella saliera al pasillo. La angosta ventana doble que
da al patio le diría que el día aún no quería despertar. Yo no hubiera querido,
pero el tiempo daba la alarma. Abrí la puerta, la oscuridad era suave y
tuve un deseo insoportable de abrazarla, de volver a besarla, de decirle
que la amaba. De inventar una noche eterna. No lo hice; sólo me limité a
darle un par de giros, alucinados, riéndome en su oído, escuchándole, arrobado,
decir que la noche había sido magnífica, rara, sorprendente. Todo susurrado,
tibio. Tan reciente todo.
Ella salió y justo en el instante en que la despedí con un "después te llamo",
tropezó con las botellas de agua. Maldijo fuerte, y yo cerré la puerta.
La empresa Manantiales de la Fortuna S.A. exhibe una puntualidad asquerosa.
La Habana, Cuba. Periodista de profesión, reside en Buenos Aires; tiene varios
cuentos y relatos publicados en libros, revistas y suplementos literarios.
Su página personal se llama Wemilere (http://usuarios.tripod.es/wemilere).
Este año, la Editorial Pre-Textos puso en circulación en la red de librerías
españolas su libro Entre fuegos y otros cuentos (premio del IV Concurso
Manuel Llano, 2000, convocado por el gobierno de Cantabria).
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